UNDERGROUND: UN ARTÍCULO TRASH. (Gelsys M. García Lorenzo)

Publicado: 14 noviembre, 2010 en N.3

Escribir para la pantalla
no es lo mismo que escribir para la página […].
El aspecto multidimensional de la computadora
es fascinante ―despliega un posible rango
desde el haiku hasta la ópera de salón.
Estén preparados, todo tipo de híbridos
están por salir al mundo.
RONALD SUKENICK

REVISTAS literarias independientes, no institucionales o undergrounds (como prefiera llamárseles), han comenzado a circular en la web, por correo electrónico, en CD, memorias flash y otros dispositivos. Lo underground se ha tornado un término en boga en nuestro país desde hace casi una década y ha pasado a significar algo más que lo no oficial ―un plus que pudiera evocar a Emir Kusturika―. Lo underground más que remembrar el subway, las velocidades astronómicas, la sucesión de estaciones, es la oscura y húmeda habitación donde se reúne o se ve forzada a reunirse la familia. El cuarto en el que la Historia termina perviviendo, aunque sea la historia del vencido (croatas, serbios, yugoslavos todos); la historia de los muertos y no la de los vivos (tal vez “amenabarescamente”); la historia tan callada que solo puede correr en lo profundo, en la oscuridad, siempre por el mismo sitio, tan en el silencio que quizás puede cautivar una vez escuchada.

Expediente Cacharro(s)

2003-2005. Centro Habana. Jorge Alberto Aguiar Díaz (Jaad). Profesión: buzo de la literatura, reparador de ollas y cachivaches domésticos Made in Cuba.

Revisar cuartillas emborronadas. Loar a narradores suicidas de la diáspora (i.e., ni Ángel Escobar ni Raúl Hernández Novás clasifican). Revivir el espíritu vanguardista. La etér(eo) sexualidad de Casal. Guillermo Rosales, el olvidado. Un Orígenes sin altar. Los siervos excluidos. En fin, tratar de reparar esos objetos que llaman literatura y nación.

Subrayados, comentarios de formato al margen, letras de variados colores y puntaje, páginas en blanco, efectos como “fondo intermitente”, hipervínculos al final y principio de artículo, la exigüidad de la imagen: maneras todas de resaltar la palabra.

Un documento en Word de más de 100 páginas con una portada del gusto nonsense insular y una flecha instando a cacharrear otra vez. Términos que hasta al pigliano Arocena, quizás uno de los más infames censores, habrían ruborizado: totalitarismo, ideologías, campos de trabajo chinos, libertad, fascismo. (Rubor no tan infundado por las 8 letras de f-a-s-c-i-s-m-o. 8: la duplicidad del 4, el caos: los 4 elementos dos veces; los 4 puntos cardinales repetidos: dos Sur versus dos Norte, o el Sur vs. el Sur y el Norte vs. el Norte; las 4 + 4 estaciones…).

Rogelio Saunders, Carlos Alberto Aguilera, Pedro Marqués de Armas, Rolando Sánchez Mejías y Carlos M. Luis son algunos nombres que se repiten en las páginas de Cacharro(s) y que le imprimen cierta peculiaridad que recuerda a Diáspora(s). Documentos. Del espíritu de esta perviven las recurrentes interpretaciones sobre los origenistas y su teleología insular, la lectura de la nación con substrato poscolonial y aliento de Homi Bhabha, China como parangón del país propio y, por qué no, esa (s) que es como un bombillo intermitente que de tanto reclamar la atención se nos torna insoportable. De Diáspora(s). Documentos ―ese proyecto precursor en cuanto a publicación no institucional, que prefirió los medios más convencionales: papel y tinta―, también subsisten el juego per se, el espíritu vanguardista con sus manifiestos, cartas de presentación y su interés de desafiar. Cacharro(s) ―a diferencia del proyecto de Sánchez Mejías, Carlos A. Aguilera, et al― optaba por el formato digital no solo por su distribución web, que permitía llegar a un público mayor, sino también por la carestía de recursos que imposibilitaba distribuir al menos algunos ejemplares impresos.

En su centenar de páginas, Cacharro(s) daba primacía a la palabra: solo una imagen efectista fungía como antesala del texto. Cada entrega era un expediente abierto sobre la realidad cubana, por ejemplo, el número 1 descubría la foto de una “Mata de marihuana cultivada en Cuba propiedad de la Policía Secreta Nacional”; el 2 traía la portada del “Curso de Comunismo Científico. Ofrecido en el Hospital Psiquiátrico de La Habana por el Licenciado Euclides Catá. 24 de enero 1980”; el número 8/9 transcribía una lista de los cines desaparecidos en La Habana. Más allá de abrir un archivo sobre aristas polémicas, Jorge Alberto Aguiar pretendía recoger la literatura cubana de la diáspora menos atendida en aquellos años por las instituciones: José Kozer, Reinaldo Arenas, Guillermo Rosales, Lorenzo García Vega. También jóvenes escritores cubanos aparecían en estas páginas: Duanel Díaz, Orlando Luis Pardo Lazo, Lizabel Mónica, Raúl Flores Iriarte y Adriana Normand. No solo primaba la literatura nacional, sino también los textos que si bien de autores foráneos podían ser leídos a la luz de la realidad del país.

Ahora bien, Cacharro(s) no hacía más que asumir una pose: Reinaldo Arenas y Guillermo Rosales lo corroboran. Del primero, objeto de veneración en y fuera de la ínsula (fervor a ratos lastimero, como la autocompasión que él mismo se encargó de cultivar en su obra), pudiera salvarse una novela (y no me refiero a Celestino ni a sus tres mosqueteros) y otros libros pudieran leerse más como humorismo que como ficción. De Rosales, sabemos el afecto morboso que nos producen los suicidas, pero su escritura ―entre otras cosas― es demasiado breve: su tan llevada y traída Boarding home apenas llega a las cien páginas (gracias a los márgenes y al puntaje de la letra). De la joven literatura cubana prefiero dejar, por ahora, tres puntos suspensivos. Salvo algunos y contados autores nacionales, más una nómina de figuras de prestigio, no hay nada más que atraiga de esta empresa. Pero, a fin de cuentas, ya habíamos sido alertados desde el principio: se trataba de cachivaches, de lo prescindible, de lo que nadie quiere recoger.

Las matemáticas, tan del gusto de Diáspora(s), quizás nos darían una posible definición: C(s)= lc [D(s) + C(s) + j + d] + lf + p, donde C(s) es Cacharro(s), lc es literatura cubana en todas sus variantes (j de joven, D(s) del grupo Diáspora(s), C(s) de los autores de C(s), d de la diáspora), lf literatura foránea, y p, como a modo de lo que da el gusto final, política. De eso es lo que se trata Cacharro(s): interpretar al inconforme, al desafiador del poder, al vanguardista (valga el pleonasmo). The performance’s pleasure.

Más que interesarnos la literatura que divulga, su posición (estemos de acuerdo con ella o no), sus concepciones, el bando en que elige jugar, lo cierto es que Cacharro(s) abre una larga lista de revistas digitales independientes. He aquí el padre, luego vendrán los hijos pródigos y los parricidas.

La literatura cubana incumple

el plan anual en un 33 y un tercio

La literatura como un LP. La ficción como un track. La lectura a 33 y un tercio de revoluciones. El autor like a Rolling Stone.

14 entregas de apenas 1 MB. Más de 100 páginas. Tahoma 12 punto.

En sus cinco años de vida o de play ―los que la hacen la publicación más añeja que aún pervive y también la más prolífica―, 33 y un tercio ha sido una revista que ha sufrido cambios en su visualidad, no así en su perfil literario. Elena V. Molina, remembranza de una Helena clásica, se ha mantenido durante estos años cual el rostro de 33. Pues, si bien al principio pudo pensarse que la imagen de la publicación era Raúl Flores, el tiempo ha demostrado lo contrario: 33 tiene un rostro y un cuerpo que es el de Elena, curiosa imagen que no envejece. Un diseño reservado a los Flores Iriarte en las cuatro primeras entregas dio paso a una mano ajena al clan familiar. Lo que pudiera ser un simple acto de cese de nepotismo, en materia de visualidad se tradujo en un cambio: imágenes más sencillas, menos del horror vacui y del estilo friqui, cercanas a un concepto más que a la agresividad y al abarrotamiento sensorial. Tales son las características del diseño de los últimos números, productos de la mano de Camilo Valdés Fortes.

No puede negarse la influencia de Cacharro(s), no solo en el hecho mismo de elegir el Word como formato y abogar por la consiguiente primacía de la palabra, sino también en detalles de diseño que 33 reutiliza (subrayados aleatorios, diversos colores de fuente, sombreados, efectos como “fondo intermitente”, hipervínculos al final y principio de artículo). Sin embargo, el proyecto de Raúl Flores Iriarte y Elena V. Molina resulta más atrayente por la limpieza del diseño y las fotografías intercaladas, aunque en materia de escritura revele una pésima edición (innumerables errores tanto en la concordancia y la ortografía, como en los giros lingüísticos de las traducciones).

Si de influencias se trata, hay una nota común entre 33 y Diáspora(s): el alter ego de la nación. Ya no es China con quien se comparten la C inicial y los -ismos, sino Japón: la condición insular, la distancia, lo dispar, lo tan lejano que solo puede ser imaginario. En la nota editorial del primer número ya se señala la confluencia: “japón [sic] era una mancha alegre y superpoblada de luz eléctrica, cuba [sic] no se divisaba”. En la portada de la entrega 5, un supuesto titular del Granma salta a la vista: “Agotados los pasajes para Japón”. Autores como Ryonosuke Akutagawa, Haruki Murakami y Noboru Endo, títulos como “tokionoma” de Orlando Luis Pardo insisten en rememorar el sudeste asiático, mientras que en el no. 12 es un relato de Rodrigo Fresán: un cuadro que se rastrea en el Louvre y del que solo queda escrito en un papel “gone to Japan”. Lo que se busca fervorosamente y nunca ha de encontrarse, porque ya no está allí, sino en Tokio o en Yokohama, aunque quizás nunca estuvo.

Sin embargo, lo que subyace, sobre todo, tras el alter ego es la novela de Ray Loriga: en el no. 2, en la entrevista que hace Jorge E. Lage a Michel Encinosa Fú, se menciona dicho libro; el no. 7 concluye con un fragmento de la propia obra; en el no. 11 aparece un artículo de Eva Navarro Martínez sobre las novelas de la Generación X en España, donde se analiza la de Loriga. Tokio ya no nos quiere (1999) es la historia de un joven que vende píldoras para perder la memoria y que, producto de haberlas consumido en exceso, ha perdido la suya irreparablemente. El protagonista es sometido a diversos tratamientos, pero lo único que siempre recuerda es a una joven rubia en una fotografía. La desmemoria, una rubia desconocida, el desgaje de todo nexo con el mundo, Tokio… El eterno retorno a una conocida paradoja: la ínsula (in)distinta.

En cuanto a géneros, junto a los habituales (entrevista, cuento, novela, ensayo…) se hallan fragmentos de un guión cinematográfico (de Terry Gilliam y Toy Grisoni) o de un informe judicial (sobre el proceso al que fue sometida Naked Lunch de William S. Burroughs por cuestiones de obscenidad), polémicas (como la que giró en torno a la entrega del premio de la National Book Foundation a Stephen King), e-mails. Sin ser anunciados en los índices, y a modo de bonus track, se deslizan desde un artículo enciclopédico sobre la banda norteamericana R.E.M. (en Arial 3, casi imperceptible), letras de canciones (“Revolution” de Lennon y McCartey, y “Jack” de Pearl Jam), fragmentos de un top 100 musical, hasta una receta de cocina (solomillo de cerdo). El objetivo: seguir la antiquísima técnica escrituraria de Tristán Tzara. Tampoco se salva de gestos como la desacralización de los símbolos: la bandera mojada al caer la tarde, tatuada en el hombro de una mujer semidesnuda o precipitándose en un foso con espinas. Gestos todos que son una copia farsesca, basta leer “El trapo heroico” de Poveda.

Milay Laviña, Yunier Riquenes, Anisley Negrín, Adriana Zamora, Leymen Pérez, Lien Carrazana Lau, Luis Eligio Pérez, Lizabel Mónica, Demis Menéndez, Adriana Normand, Legna Rodríguez Iglesias, Sandra Vigil, Elena V. Molina, Lia Villares, Yansy Sánchez, entre otros (incluida quien firma estas líneas), conforman una copiosa muestra de lo que escriben algunos jóvenes cubanos ―muchos de ellos productos del fenómeno “Riso”, en su mayoría nombres prácticamente desconocidos. De más está decir que a casi nadie interesan estos noveles creadores (salvo a ellos mismos, por supuesto). 33 se vanagloria de dar un espacio de publicación a esos jóvenes: el placer de mirarse en el magic mirror (y creerle).

El verdadero mérito de 33 ―que le ha granjeado lectores― es divulgar, traducir y plagiar (picar, copiar) textos que por otras vías no se dan a conocer. Chuck Palahniuk, Bret Easton Ellis, Philip K. Dick, David Foster Wallace, Jack Kerouac, William Burroughs, Don DeLillo, Kurt Vonnegut, Stephen King, Ronald Sukenick, James P. Blaylock, Michael Swanwick, y un larguísimo etcétera. Beat Generation. X. Post-X. Stephen King vs Harold Bloom. Una nota póstuma para David Foster Wallace. Todo un panóptico de la literatura norteamericana (de la que lo más reciente que se ha publicado en nuestro país son algunas novelas de Hemingway y Faulkner, y los sui generis campeones de Vonnegut).

Un repaso a los índices advierte que el autor más publicado es el propio RFI (en los números 1, 4, 5, 6, 10 y 14), seguido por Rodrigo Fresán (1, 2, 4, 10 y 12) y Roberto Bolaño (1, 4, 6, 8 y 10). A la tríada (o trinidad) anterior se suman: Daniel Díaz Mantilla (5, 6, 8, 12 y 13), Jorge Enrique Lage (1, 3, 4 y 5), Orlando Luis Pardo Lazo (2, 10 y 12), Ahmel Echevarría (3, 4 y 10), Jorge Alberto Aguiar (3, 4 y 6) y Elena V. Molina (3, 6 y 8). Primero lo primero: Fresán y Bolaño, esas dos suertes de profetas cuyas enseñanzas han de seguirse, cuyas palabras son Sagrada Escritura. Luego, los nombres que son un factor común, el culto del yo: textos, diseños de portadas, fotografías tomadas por o a ellos… Es el triunfo de la singularidad, el do it yourself al extremo. Daily-me, blogs, e-zines, son las materializaciones del discurso del yo que ha potenciado la red ―un discurso que se multiplica sin cesar, que se reproduce hasta alterar la equivalencia un sujeto=un nick.

En el campo de la literatura, lo digital ha dado espacio a la alteridad (cuasi fin de la hegemonía de Gutenberg). Las editoriales (impelidas por la demanda y otras cuestiones de marketing) han comenzado la venta de libros digitales y hasta han surgido sellos que nunca ven la luz en formato papel. Al respecto, en Cuba el primer intento que puede rastrearse es el de Cacharro(s), que anunció la salida de obras bajo la rúbrica cer0 editores, las que nunca llegamos a leer. La segunda tentativa ha sido la que, una entrega tras otra, promociona 33 y un tercio: el sello 45 r.p.m., del cual todavía no hemos visto nada y, ¿lo veremos?, ¿lo querremos ver?

45 r.p.m.

RIP

TREP: Episodio 2666

Apenas 40 autores en sus 8 entregas. Otra vez Fresán. Otra vez Bolaño. Jóvenes escritores de Perú, México, España, Chile (nunca de Cuba, salvo que se trate de los chicos del staff y otros dos o tres). Más que Generación X, diseño X (ó XXX). Más que e-zine, fan-zine.

Imágenes de portada, la nomenclatura (staff, stuff, e-zine) y hasta el propio nombre acusan cierta preferencia por la cultura norteamericana, mientras que en lo que concierne a literatura será lo chileno lo preponderante. Chile permutable por Cuba o Perú o México… Chile permutable por nada, ni siquiera por chile.

La nación y la literatura. Demasiado tiempo empleado en hablar sobre una utópica literatura cubana, pero muy poco si se trata de escribir ese texto que sea un knock out para la crítica. La nación trasunta de esos itinerarios teóricos que van de Bombay a Oxford, del hindi al inglés, de Deleuze a Guattari (o viceversa).

Posts, reseñas, ensayos, reflexiones, algunos cuentos, una que otra entrevista. La frescura de lo escrito para la web, de lo que está siempre a un paso de ser trash, signado por la instantaneidad. Y, también, textos escritos con la misma pesantez que los de un periódico oficial, pero de temas que jamás este publicaría. La historia de unos y otros. Los menos y los más desconectados. Altavoz de un aeropuerto que hace que todos fijen la mirada en el que sale de la multitud con su equipaje a cuestas. El grito del que quiere ser escuchado, aunque sea en el ocaso, del que patalea sin pensar ahorcarse. Nombres que son carnadas para el lector. Cuidado, también pueden ser una trampa.

“Jugar con el código: […] cifras, enigmas, puzzles, distracciones, engaños, juegos de mano, anagramas, acrósticos, mala ortografía (rraro dehletrear), USo LocO de maYúsCulAS, poco ortodoxa pun(tu…a)ción?!, pistas veladas, parodia, alusiones crípticas, cosas obvias (él eyaculó), intromisiones del autor (¿se dan cuenta?), estribillos repetibles” (Paul di Filippo, 33 y un tercio, no. 5). A ratos, escritura de infante montado en un tiovivo.

Lectura de una tarde de verano. Lo que escriben los nacidos después del 70 (Orlando Luis Pardo, Jorge Enrique Lage, Ahmel Echevarría, Raúl Flores, Álvaro Bisama, Gonzalo Garcés, Santiago Rocangliolo, Alejandro Zambra, Rafael Lemus, Heriberto Yépez, Daniel Alarcón, Gary Shteyngart, Rafael Gumuncio, Anisley Negrín) y algún que otro muerto venerable (Roberto Bolaño, Guillermo Rosales, William Saroyan, Carlos Montenegro, Giovanni Papini y Miguel de Marcos). Nombres que no han de pronunciarse en la ficción, pero que se dicen con todas sus letras. Otros, que de tanto repetirlos dan vértigo. Algunos que te obligan a conectarte (elcomelibros.blogspot.com, riofugitivo.blogspot.com, http://www.rafaellemus.net, hyepez.blogspot.com, http://www.danielalarcon.com).

Pinacoteca abierta a todo público. La misma foto, un solo rostro que se repite incesantemente, como en aquella curiosa maquinaria de La muerte de un burócrata. Imágenes poco ortodoxas. Graceland y Tijuana, Fujimori y David Lynch, Charly García y Jack Kerouac, Alabama y Bolivia, Herman Melville y Tokio. Un cuadro de Munch que alguien pretende dibujar, cuando lo importante es que se desdibuje. Scream/Skrik.

199 páginas en 8 episodios. Apenas 4.20 MB extraviados.

TREP y su solapada copia, su repetición, su trinidad dúplex: Orlando Luis, Jorge E. Lage y Ahmel Echevarría; Roberto Bolaño, Rodrigo Fresán y Álvaro Bisama. El doble alter ego: “Narrar en China. […] Narrar China como shortcut […]. Narrar ficciones cantón-paranoicas y mandarín-histéricas para aterrar al literastazgo local” (OLPL en TREP-4). “En China, el blanco es el color de la muerte (la rosa blanca de José Martí sería aquí una flor póstuma, funérea (OLPL en TREP-6)”. “Japón, La Habana. Hay que inmolarse con un sable y una sábana, a falta de una bandera mejor. Ahí está el relato de Yukio Mishima, Patriotismo […]. La Habana, Japón. Hay que fornicar en primerísimo plano hasta venirse o morir. Y ahí está el filme de Nagisa Oshima, El imperio de los sentidos” (OLPL en TREP-3). China/Japón. Se sabe la importancia de jugar en dos bandos.

TREP: tan solo TREs Propuestas para el nuevo milenio: una saga de Yeyín para adultos, análisis linguoestilístico de los carteles de la Ciudad Deportiva, COCl2…

Un pequeño Desliz

Desliz es un proyecto cultural que coordina Lizabel Mónica y que engloba entre otras expresiones una revista digital. Si bien la parte literaria es preponderante, desde el 2007 ―año de su creación― a acá el proyecto sólo ha hecho circular 3 números de su publicación. La revista Desliz comprende teatro (incluidos videos de puestas en escena), dibujo, poesía visual, fotografía, net art. Nuevamente emerge el yo: Desliz/Lizabel. Desde autores convencionales hasta los más net, de la diáspora y de la isla, o de ninguna de las dos. Promover, sobre todo, esos vínculos (o hipervínculos) entre escritura y medios digitales.

Lo cierto es que Desliz resulta más atractiva por su visualidad que por la literatura más convencional que presenta. Es actual: “novísimos” dramaturgos (Alejandro Arango), “nuevos realizadores” (Yolyanko William), sucesos recientes (un dossier sobre el primer evento internacional de arte pornográfico en La Habana, un video inédito del Festival Poesía Sin Fin 2009), grupos en boga (El ciervo encantado, YZO, Puerco Pudle [sic], Biopus). El interés por la exclusividad: lo inédito como delirio, como subtítulo de cada texto. Basten sus propias palabras de presentación: “Un proyecto para burlar fronteras y establecer nuevos puentes. Una mano que se extiende más allá de cualquier horizonte visible. Artistas y escritores de diferentes lugares del mundo, reunidos para el lector o el navegante en una obra única, pieza interactiva que muestra las tendencias más contemporáneas del arte y la literatura. Todos trabajos inéditos… Desliz, acérquese al acontecer cultural de hoy desde distintas perspectivas”.

De la ciencia ficción, la fantasía y el ciberpunk: Disparo en Red y Qubit

Salvo uno o dos textos inéditos en cada número, todo lo demás puede hallarse en la web (wikipedia et al). Sus mejores definiciones: las que ellas mismas propugnaban: Disparo en Red. Boletín electrónico de ciencia-ficción y fantasía/Qubit. Boletín digital de literatura y pensamiento ciberpunk. Espacios para sujetos contraculturales. Infiérase lo demás.

La Caja de la China: ¿a fairy tale?

En la caja de la infancia guardamos aquello que entonces era lo más valioso del mundo. Lien Carrazana Lau en agosto de 2006, tal vez aburrida por la lluvia o porque luego de una limpieza encontró aquella cajita, se decidió a exhibir esos tesoros, sin detenerse a pensar que a la única persona a la que podían interesarle era a ella misma.

En la Caja se nos explica quién era Juana Borrero. Por esos azares no tan fortuitos, junto a ella aparece Kevin Beovides, quien también ha sabido conjugar plasticidad y poesía. Otras similitudes escriturarias que superan el tiempo son las que se advierten entre Eugenio Florit y Raúl Flores, cuyos apellidos pudieran ser uno mismo. También hay fotos de Lien, de sus amigas, textos escritos por sus conocidos, confesiones… La apoteosis del yo.

Una caja que al abrirla tenga a Lien Carrazana hasta el cansancio no es una caja china, es un ataúd, aunque ―parafraseando a Faulkner― no haya cuerpo (ni literatura) que enterrar. Eso sí, el diseño es loable. Si hubiera hecho un álbum (como aquel del cuento de Piñera), una instalación, un colach, el resultado habría sido distinto. Claro, siempre queda el placer del voyeur, hurgar por hurgar, volver a la infancia y escuchar el Once upon a time…

Isabelica.cu

Como se nos confiesa en la nota editorial del número 1: un ocioso grupo de amigos que se reúne cada día en un café (La Isabelica, por supuesto) decide hacer una revista. Elige un formato interactivo (mht) que permitiría una lectura dinámica, en caso de que los textos mismos lo fueran. Se trata de lo que se escribe en el otro confín de la Isla: desde secciones tradicionales (reseñas, narrativa, entrevistas) hasta un sui generis espacio sobre psicología. Si la edición de 33 y un tercio es descuidada, aquí pareciera que nunca se le toma en cuenta.

“La Natilla”, “Pez Plátano”, “La Tapadera”, “Cuerpo de Guardia” son los rótulos de algunas secciones, transcritos tal vez de algún onírico diario (o de una novela norteamericana). De más está decir que no faltan iconos (Douglas Coupland, Stephen King, Tim Burton) ni suicidas (Alejandra Pizarnik) ni cuasi decálogos (“NUEVE CONsEJILLOS” por Darien Columbié, director de la revista) ni humor (un manual de instrucciones para tratar al jefe) ni cuentos desechables.

El perro andaluz ahora se pavonea con un muy poco discreto encanto: “Isabelica punto cu (2) no es un parásito, conspira en la red como un virus. Te advierto que no existe vacuna que la detenga, (se probó con KASPERSKY, NOD32 y MC Cafi [sic]) aunque cierres la ventana volverás a ella tarde o temprano, o ella volverá a ti. Ya el virus está en la red”. Luego de leer su presentación dan ganas de ―al estilo Cohen― burn after read.

La rosa blanca

Un fantasma recorre la web: el número 2 de una revista cuya primera entrega y otras posteriores son imposibles de encontrar online. Martiana por antonomasia desde el nombre hasta el punto final. Con un marcado discurso político como insinúa su título y corroboran los textos en su interior. Un dossier sobre Alexandr Solzhenitsin, una entrevista a Porno para Ricardo o a Frank Delgado, algunas entradas del blog Generación Y, ensayos sobre la eticidad, narrativa y poesía. La rosa blanca se subtitula “Revista independiente de estudiantes e intelectuales”, aunque más que revista sea un boletincillo “de estudiantes”, quizás porque su director Henry Constantín es un eterno escolar que ha deambulado por los pasillos de más de un campus. Desde Camagüey y en pdf ó html, en julio como enero, llega este proyecto que invita a leer como si fuera más importante el ciudadano que el lector, como si la escritura fuera tan solo un pretexto para vislumbrar la realidad.

Apostillas

Si dependiera del copyright, ¿cuántos artículos leeríamos en TREP o en 33 y un tercio? La web ha posibilitado no solo el hecho de pensar editoriales en formato digital o potenciar la creatividad del sujeto, sino también en materia de derechos de autor ha impulsado el copyleft que permite “picar” textos, reproducirlos sin la autorización de los propietarios, en fin, la apoteosis de la copia. Según Rosanna Mestre Pérez: “Posiblemente el principal logro de esta modalidad del copyright [el copyleft] es su habilidad para adaptarse a los tiempos que corren, distinguiendo claramente entre el derecho de autor y el derecho de copia. El primero queda nítidamente protegido, pues el aviso de propiedad debe ser incluido obligatoriamente en todas las versiones; mientras que el segundo se flexibiliza enormemente”.

Copyright y copyleft, editoriales y servidores, página impresa y página web, libro y blog novela. La posibilidad del y, el siempre necesario plus.

Publicaciones undergrounds, pero no por ello bajo tierra. Aquí no hay una cultura en lo oscuro, sino a plena luz del día (servidores, e-mails, bluetooth). Ni siquiera pasa en lo oscuro para las instituciones, aunque parezcan ajenas a todo (sabemos que saben). No hay que creer que se padece melanosis pigmentaria: es imposible si las cortinas están descubiertas.

¿Pervivirán estas revistas o serán objetos raros como los escasos ejemplares de Diáspora(s). Documentos que conserva uno que otro en La Habana? Quizás se les recuerde no por ellas en sí mismas ni por la literatura que recogían, ni siquiera por esa emergencia de un espacio alternativo, sino por ser uno de los primeros intentos de insertarse en la web, por esas individualidades reclamando su sitio en el macroespacio virtual. Serán más historia que literatura, más hecho que ficción. Las conservarán sus autores, quizás algún que otro coleccionista (muchos las habrán enviado a la papelera). Su lectura dentro de algunos años será, en caso de que la haya, la del filólogo, la del bibliófilo siempre listo a engullir cualquier cosa. El sino de estas revistas es lo instantáneo: nacer siendo casi trash. Así, cualquier cosa dicha de ellas termina por convertirse en efímera: como el ukiyo-e, tan solo es la pintura de ese mundo flotante que es la web.

Comentarios
  1. Eduardo dice:

    Excelente Gelsys, un deleite leer este artículo

  2. Maria Trujillo dice:

    Gelsyta: Me encanta como escribes. Increible!

  3. Elizabeth dice:

    Descubrí con satisfacción esta revista virtual.
    En un rato, he aprendido un montón de cosas que desconocía. Me gusta escuchar todas las voces. Muy buenos artículos. Gracias

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