DIARIO DE SUEÑOS (I). (Francis Sánchez)

Publicado: 14 noviembre, 2010 en N.3

SOBRE LAS ramas de los árboles habíamos construido galerías que se prolongaban a través de kilómetros. Locaciones donde familias de gente culta vivían libre y despreocupadamente en comunión con los pájaros. Puentes colgantes tejidos con ramas vivas.

En un salón, Antonio José Ponte daba una charla sobre la literatura de la Cuba profunda, según anunciaba un cartelito sobre la esquina de una mesa, a su regreso de una incursión en la geografía ignorada de la isla, después de saltar por las ramas de un museo y cotejar abultados códices en labor de ingeniería poética, que había terminado dejándolo satisfecho, dotado de sagaces paciencias, pero anémico y al borde de la transparencia como un papel de cebolla.

Sorpresivamente cambió el asunto de su conversación. A su rostro tornaba la coloración de la sangre. Anunció haber descubierto textos inéditos de Andrés Bretón. Concretamente se trataba de nuevos Manifiestos del surrealismo —cuarto, quinto, etc.— que el escritor francés, en algún momento de delirante inspiración, había planificado que se publicaran después de su muerte. Los había dejado listos con la idea de que su teoría nunca se estancara, fechándolos en días lejanos y que por lógica natural no le estaban reservados para vivir.

Quizás luego el autor de El arte de los locos, la llave de los campos, sintiera arrepentimiento por semejante fantasía, o quizás, como le pasara a Kafka, algún amigo incumpliera su último deseo —¿cuál deseo, tirarlos al fuego para borrar evidencias de un delirium tremens, o sacarlos oportunamente a la publicidad?; eso nunca se sabría—, lo cierto es que por casualidad tales prolegómenos, escritos desde la perspectiva de una muerte imposible de la imaginación, acababan de ser encontrados.

Ponte, irónico, apuntó con un dedo flaco a los doctores trajeados que fatigaban los sofás: “Yo quiero untarle una pregunta a la Academia Francesa”.

Parecía que podía desatarse un movimiento insoportable en las ramas de los árboles. Caían y brotaban hojas a una velocidad típica de dibujos animados hechos con bajo presupuesto. Se extendía la sed de revisión, como una fiebre generalizada, producto de la afición a recomponer las leyes del desarrollo de la cultura. Temblaban los árboles desde la raíz. Me paré. Salí de entre el público a caminar.

Sección completa de puentes colgantes era la mía. Propiedad privada, campo vedado, negado eternamente incluso a los ladrones, porque nadie encontraría jamás mi secreto en la trama de las copas de los árboles. Mi galería estaba llena de capullos que colgaban en largas filas como perniles de cerdo en las perchas de una nevera. Sus significados ocultos también pendían como notas musicales en las líneas de un pentagrama infinito.

Cada capullo constituía una pregunta, encerraba alguna forma nueva de mi vida resuelta en masa de carnes latientes, sangrantes, donde no hallaban cabida en absoluto las veleidades literarias. Existía el peligro de que a la menor intromisión de presunciones intelectuales en un capullo, al menor artificio, este cayera devorado por polillas, piojos y millones de extraños insectos sin nombre, que vivían entre las hojas de los árboles a la espera de una debilidad para atacar.

Solentiname se llamaba uno de los capullos más vibrantes y multicolores. Lo abrí, me encogí dentro, y sentí un calor y una presión semejante a la tumba de un guerrillero preparada entre los arbustos, a donde me llevaban arrastrándome por los pies.

Crecía el ruido acompasado de una multitud de un solo hombre que intentaba quitarse las vendas de los ojos para ver a Dios, para saber la Verdad, después de haber sido derribado de un golpe y mientras lo conducían como alguien sin vida ante un pelotón de fusilamiento.

No podía afincarme en las plantas de mis pies, por supuesto, porque me halaban por los tobillos. Y ni siquiera apoyarme en firme sobre la es- palda, debido a la velocidad con que me arrastraban sobre la tierra.

Pero era la lucha por desatar mis manos y quitarme la venda de los ojos, lo que imprimía luz, color y ritmo a las capas exteriores del capullo. Visto desde afuera, el mío quizás era el más hermoso.

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